18 de Noviembre de 2017
Categoría: Análisis
12.05.2016

LA AMBICIONITIS DESMEDIDÓNEA ATACA AL AUTOMOVILISMO

 

Tuvieron la oportunidad, y la dejaron pasar. Pudieron salvarse y no fundirse, pero creyeron que a ellos no les pasaría. Pudieron ser prolijos, pero eligieron el camino fácil, el de llegar rápido a ganar mucho. Algún día, las cosas caerían por su propio peso y la fiesta se iba a terminar.

 

El automovilismo argentino está llegando por mérito propio, al callejón sin salida al que todos sabían que se iba a llegar. Despilfarro, abuso, libertinaje, impunidad, descontrol, son solo algunas de las palabras que se podrían usar para describir lo que pasó en los últimos diez años, por no decir un poco más.

 

Categorías que se superponen con otras similares, empresas que ponen publicidad repentinamente en un montón de autos como si le sobrara el dinero, pilotos que sin resultados corren todos los domingos en una categoría distinta, categorías promocionales que corren con TV en vivo solo para poner algo en la pantalla de enfrente de otra de envergadura, autos que aparecen y desaparecen de la punta como por arte de magia, sanciones durísimas a pilotos por faltas menores, y sanciones livianas por faltas graves, y un denominador común, la vista gorda de la dirigencia o peor, la complicidad o el permiso para que así sean las cosas.

 

No es casual que pasen las cosas que pasan.

 

No es casual que Lucas Mohamed, símbolo de la Clase 2 del TN, mostrado durante mucho tiempo como el ejemplo del esfuerzo humilde de una familia tucumana, que viaja en su viejo colectivo transformado en Motorhome y pelea el campeonato, sea llamado a abrir el motor un sábado luego de las series para medirle la cilindrada. Así como no es casual que sea pasado a penalidades por negarse a abrir el motor, porque era una falta muy grave según dijeron, pero después reciba solo una fecha de suspensión. Durante dos años su motor volaba en las rectas de todos los autódromos y nunca nadie había pedido semejante revisación. Ahora lo hicieron en medio de un fin de semana, como si se hubieran sorprendido de golpe de su performance.

 

No es casual que después de casi anunciar su retiro un par de años atras, Omar Martínez decidiera seguir en TC y en poco tiempo volviera a los primeros planos con una contundencia tal que le permitiera consagrarse Campeón en 2015, ante el asombro de propios y extraños. Si, de propios y extraños. No fue casual la frase. Así como no es casual que después de tres carreras y una victoria en la que su auto fue inalcanzable en la recta en La Pampa, sea un colega el que pida que revisen a fondo a la carrera siguiente, y al hacerlo descubran que estaba fuera de reglamento groseramente. Esa revisación no se hacía de ese modo hacía mucho tiempo, ahora la hicieron. Como si se hubieran sorprendido de golpe de su performance. Se repite la situación, notable coincidencia.

 

Tampoco es casual que el Jefe Técnico de la ACTC haya sido separado de su cargo después de eso, y que se diga que las revisiones serán bien exhaustivas, transparentes y ejemplares, como esa del "Día D", que fue por pedido de los pilotos a la cúpula máxima de la entidad. No es casual porque es la cabeza del área cuestionada, aunque no era quién medía sino quién supervisaba lo que otros hacían. Cuesta entender algunas cosas.

 

No es casual que de pronto, pilotos que nunca tuvieron muchas dificultades para correr, repentinamente dejen, bajen a categorías menos costosas o se cambien de equipo en equipo por problemas presupuestarios, como si todos no costaran más o menos lo mismo. O como si todos empezaran a bajar sus pretensiones para tener a quién alquilar sus autos. Puede haber casos muy distintos, como el de Christian Ledesma y las razones familiares de los dueños de su auto para que se haya quedado afuera del TC. Y la devaluación es la excusa perfecta para las bajas, es cierto. Pero casualmente, al mismo tiempo que la economía general de los argentinos se complica, aparecieron más operativos de AFIP que nunca, en los autódromos y muchas empresas que patrocinan automovilismo. Y legisladores denuncian públicamente en programas de TV de interés general, que hay que investigar de dónde sale el dinero que solventa a la mitad de los autos de carrera. No es casual, como no lo es que hace varios años el “bocón” de Marcos Di Palma, hablaba de los papelitos de colores y las “facturas” de las panaderías. ¿Se acuerdan?

 

No es casual que el TN corra dos carreras en La Plata, dos en Termas y dos en San Jorge, siendo la categoría que todos quieren ver y tener.

 

No es casual que el STC2000 vaya al Cabalén dos veces en el año. O que el TRV6 haya ido a correr a 9 de Julio.

 

Hay crisis, y ante un año difícil, muchos gobiernos han decidido recortar ciertos gastos, como comprar carreras de tantas categorías. Pero si no hubiera habido tanta oferta, habría más expectativa, más deseo de consumo de carreras. Entonces la concurrencia de espectadores sería mayor y valdría la pena organizar carreras. Es todo parte de un círculo vicioso. Cuando hay, se despilfarra. Cuando se corta, hay que administrar con lupa cada peso que se gasta.

 

Nada es casual. Todo tiene un motivo. Se trata de una enfermedad que llamaremos Ambicionitis desmedidónea. La padecen muchos, demasiados, actores de esta disciplina. Y tiene varios síntomas.

 

Una de las primeras manifestaciones se observa a los pocos días de contraída la enfermedad, cuando aparecen todos en autos muy costosos, alternando marcas pero casi siempre de origen alemán y color negro o gris. Parece un chiste pero no lo es.

 

Al poco tiempo, otro síntoma. El cambio de actitud. Se corta el diálogo con quienes se solía tener una relación casi amistosa (en realidad hay muy pocas amistades en este ambiente y se ven a la distancia sin mayores dificultades), y misteriosamente comienzan las arbitrariedades. Como si el que las protagoniza, creyera que tiene a Dios agarrado de ya sabemos dónde.

 

Entonces, una vez aislados los amigos, empiezan los excesos, un síntoma que suele relacionarse con la impunidad, aunque también con la certeza que no habrá control alguno, y si lo hay, se puede arreglar fácilmente.

 

Ahí aparece el más profundo síntoma. La ceguera. Porque los que hacen tantas “macanas” empiezan a creer que nadie se da cuenta, que la gente es tonta y se cree todo. Y lo acepta, y sigue ahí, haciendo el caldo gordo a los que hacen de las suyas en nombre del automovilismo y sus intereses. Burdas patrañas.

 

Entonces, la enfermedad se manifiesta claramente. Empiezan las señales que nadie puede negar. La renguera, la inestabilidad, la inseguridad de poder tener éxito o sostener el que creían tener y del que ahora dudan. E inmediatamente, la torpeza, los manotazos de ahogado, el ataque de pánico. Los cambios de actitud repentinos, por puro susto. Intentando salvarse, sin importar el costo. En ese punto estamos, tengan plena certidumbre de ello.

 

Pongan estos síntomas en cualquiera de las situaciones complicadas que han visto en el automovilismo argentino en los últimos tiempos. Díganse a sí mismos si no caen perfectos en cualquiera de ellos.

 

Ahora viene lo peor. El tratamiento de la ambicionitis desmedidónea. Y todo parece indicar que será un proceso muy doloroso.

 

Posiblemente no sólo haya pilotos que deban dejar de correr. Quizás haya categorías que deban dejar de existir. Y seguro, habrá negocios que ya no se podrán sostener.

 

Desaparecerán los parásitos, los chupasangre, que llegaron sólo para hacer negocio, a costa de matar el automovilismo, por el que no sienten pasión. La pasión es por el poder y el dinero, que en muchos casos están íntimamente ligados.

 

Si el tratamiento es el correcto, el automovilismo se podrá curar. Quedará reducido seguramente, pero sano. Y como era antes, estarán los que verdaderamente sienten este deporte como parte de su cuerpo y su vida. Los que lo hicieron grande. Los mejores en cada rubro serán los que resalten, a los que les vaya mejor. El resto, acompañará como siempre ocurrió, con esfuerzo y pasión.

 

No faltará el que diga que todo esto no es cierto. Que quién escribe es un resentido porque se quedó afuera de todos los negocios… o simplemente porque es mala leche, un tirabombas. Un denunciador empedernido, un quilombero.

 

Pueden hacerlo. Habría que preguntarles si estarían dispuestos a donar una jornada laboral de cada semana a trabajar desinteresadamente, sin cobrar un peso, para mejorar el automovilismo. Dejando ese día, solo ese único día a la semana, su actividad, de la que viven, para ir a reuniones conjuntas como eran antes los clubes o asociaciones deportivas. Como hacen todavía los que sienten pasión por este deporte, que son muchos, y que son la vacuna contra esta enfermedad.

 

Hemos tocado fondo. Lo que está pasando en el último tiempo es la prueba más cabal de ello. Ambicionitis desmedidónea es solo un nombre inventado, ustedes llámenla como quieran…

 

Diego Zorrero

 
 
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