18 de Noviembre de 2017
Categoría: Informe Especial
27.11.2012

UN GRITO DEL CORAZÓN

 

La temporada del Súper-TC2000 llegó a su fin, y José María López se consagró campeón por tercera vez en cinco temporadas. No es poco, como tampoco es poco lo que vivió en los dos años en los que no ganó ese campeonato. Parece mentira, si uno se pone a enumerar todo lo que pasó en esos dos años…

 

Tras sus dos títulos con Honda, y siempre con Cachi Scarazzini en la radio y con Javier Ciabattari arreglando el setup del auto, a “Pechito” se le cruzó esa maldita mancha de aceite en Salotto, y al mismo tiempo un contrato con YPF y Ford para ser oficial en Argentina. Pero también se le cruzó el sueño de volver a la F1, y corriendo tras ese sueño se le curzó Peter Windsor, y con él se cruzó una tarde calurosa de enero en la Casa Rosada, y también un jueves helado en Carolina del Norte, que lo dejó más helado después, al saber que era todo mentira.

 

Y se le cruzó por la mente y el corazón, la misma película que ya había visto tres años antes, esa en la que él era el protagonista, y en la que el epílogo lo mostraba guardando en una maleta, eternos días de soledad en Italia con apenas 14 años, y tantos desayunos que empezaban igual que como había acabado la cena anterior, rodeado de silencio y añoranzas, pero compensados con el sueño de llegar a la cima, a la Fórmula Uno. O ese último año de GP2 con su mentor, Walter Bosano, compartiendo tantas noches de hotel desvelados, porque veían que Nelsinho Piquet llegaba con un apoyo mayor, y la presión lo llevaba a Pecho a cometer más errores en el momento en que no debía fallar.

 

Todo eso guardaba, para volver a Río Tercero con un nudo en la garganta. Le probaba el auto a Alonso, al bicampeón mundial, y venía a empezar de cero, a subirse a un Honda Civic de TC2000 en una precaria pista en Mendoza, llena de tierra. Imposible digerirlo.

 

Pues todo eso que había vivido en 2007, parecía regresar en marzo de 2010. Solo que esta vez fue más duro aún, porque caerse la primera vez duele, rompe las ilusiones primarias, esas que todos tenemos desde chicos cuando perseguimos nuestros sueños. Pero caer por segunda vez duele más todavía, porque se supone que ya sabíamos, que habíamos aprendido, que estábamos preparados… puras suposiciones.

 

Porque en su segundo regreso, Pechito encontró que todos los sitios ya estaban ocupados, hasta los que parecían intactos como el Honda blanco y azul número 1, o el Mondeo también. Los equipos habían hecho nuevos acuerdos, las prioridades estaban marcadas, los mejores elementos tenían nuevos dueños. Y empezó arrastrando su orgullo, subiéndolo al auto en las calles de Punta del Este, y ganando. Y todos creímos que no le habían entrado las balas, y que estaba intacto, fuertísimo, indestructible. Pero sólo fue un espejismo. Su talento y velocidad se tenía que abrir paso entre la frustración y la adversidad, y ganarle a un equipo improvisado que salió a armarse para correr en TC, con lo que había a mano y sin grandes posibilidades de éxito.

 

No fue fácil el 2010. Las relaciones personales que quiso sostener no aguantaron, y a lo largo del año, y sin los resultados soñados que todos querían reverdecer del año anterior, empezó a desangrarse su año deportivo.

 

Sólo él sabrá cuánto se rompió con Víctor Rosso el día que le dieron prioridad a Leo Pernía en Oberá, pidiéndole que resigne una victoria que lo mantenía vivo para defender el título, y cuánto se empezó a fracturar en enero, cuando el proyecto USF1 se hundió en viajes y gestiones que no alcanzaron. Sólo él sabrá cuánto influyó que su padre, por el que siente adoración y admiración, tuviera que salir a pagar los u$s 800.000 que nunca devolvió el pirata inglés que todavía se pasea por el Paddock de Fórmula Uno después de mentirle hasta a la propia FIA. Pero a fin de ese 2010, tan sólo un año después de tocar el cielo con las manos, López se alejaba de Rosso y Monti para intentar un nuevo camino con Fiat.

 

Y también se alejó de Cristian Ávila en TC, y después también en Top Race. Y en el 2011 también se alejó de Walter Alifraco, y después de Johnny Laboritto. Y el Fiat Línea apenas le dio una sola alegría, y se empezó a llevar mal con uno de sus compañeros de equipo, Emiliano Spataro, con quién terminó rompiendo relaciones un año después, hace muy poco.

 

Y con todo eso a cuestas y un contrato para correr tres categorías con Oil nuevamente, se retiró Fiat el 22 de diciembre de 2011, y tras mucho meditarlo, salió con su papá otra vez a buscar presupuesto para poner el Línea como particular de todos modos…

 

Ahí se dio el entrecruzamiento mágico que, aunque fue en parte una sucesión de hechos desgraciados, sin que nadie se diera cuenta, empezó a enderezar el rumbo lentamente.

 

Lo de Guido Falaschi en noviembre, el retiro de Ford apenas horas después del anuncio de Fiat, en diciembre. El mal comienzo de año con el Línea que era rápido pero no conseguía terminar las carreras. El HAZ, su antiguo hogar, que empezaba a brillar pero con Cacá Bueno, que no podía completar la temporada. Y empezaron las charlas con Javier Ciabattari, en esos viajes que compartían porque Pechito lo llevaba en su avión a las carreras de Top Race. Y las charlas fueron más allá, y la situación asfixiante del equipo Pro Racing parecía un callejón sin salida. Y el tiempo que pasaba, y las carreras que no le daban puntos, y otro año que parecía escurrirse como agua entre los dedos.

 

Entonces, ambos se dieron cuenta que estaban predestinados a volver, y después de algunas charlas pendientes y ajustes de números, se dieron la mano, sellaron trato, y como dijo Fernando Hidalgo, el hijo pródigo regresó a casa.

 

Cambió la historia. Empezó a ganar casi compulsivamente, aplastando. Mostrando que esa conjunción piloto-auto-equipo estaba intacta. Se volvió a sentir capaz de salir a dar esa vuelta mágica de clasificación y regresar con el uno, sin siquiera dar oportunidad al resto de acercarse.

 

Volvió la música épica a las carreras, rompiendo ese piano triste que ya era insoportable en sus oídos desde hacía dos años. El guerrero recuperó su temple y simplemente hizo lo que sabía, otra vez.

 

Muchos los quisieron bajar. Les dieron vuelta el auto. Y todo lo que encontraron, aun lo que les sorprendió, no sólo era legal, sino una verdadera genialidad. El auto que hizo Javier Ciabattari es superior porque su capacidad lo hizo así. La racha de cuatro victorias al hilo se cortó con un motor que no andaba y no podían cambiar hasta después de la clasificación. Ya estaban fuera de la discusión. Las dos roturas de escape quisieron verlas como una trampa misteriosa e incomprensible. Los denunciaron por no apoyar las gomas en el piso en Mendoza, y el denunciante había hecho lo mismo. Les dieron pruebas extra a equipos oficiales mientras ellos estaban congelados. Les largaron dudosamente en Salta. Hasta una persona afín a un equipo rival, era quién enchufaba la computadora en los autos de toda la categoría para leer data de los motores V8… Pasaron muchas cosas, pero con esa fortaleza admirable para salir adelante tras lo pasado, especialmente de todo el equipo PSG16, llegaron a Potrero de los Funes a definir el campeonato con 9,5 puntos de ventaja sobre Matías Rossi, no solo el campeón vigente, sino probablemente el mejor piloto del momento del automovilismo nacional.

 

Y esos 9,5 fueron 10,5 cuando López hizo la Pole Position otra vez. Y volvieron a pasarla mal cuándo Pernía les ganó el mano a mano del Súper 8. Y de largar primeros parecía que deberían largar séptimos. Pero esta vez a Rossi no le fue bien a pesar de hacer todo bien, porque hasta aprovechó a la perfección haber largado atrasado respecto a Spataro, para hilvanar las dos curvas previas a la chicana por los radios correctos y aparear al Renault. La posición estaba ganada, pero Spataro tenía que defender sus chances a como diera lugar. Y el toque no fue culpa de Rossi, pero los Comisarios Deportivos esta vez creyeron que sí, y así como tantas veces lo beneficiaron, esta vez lo perjudicaron claramente.

 

Las cosas ya estaban empatadas, e incluso levemente favorables a López otra vez. Solo quedaba correr y mantenerse entre los seis primeros, si era posible, con Rossi a la vista, atrás o adelante, pero a la vista sin autos de por medio.

 

El plan era perfecto y venía así, hasta que a seis vueltas del final, con la necesidad de ganar, Rossi aprovechó una distracción de Girolami para meter su Corolla. Y del toque de ambos el perjudicado fue López, que al querer pasar por afuera esquivando a Rossi, se encontró con tres autazos que le podrían haber complicado absolutamente todo.

 

El Focus que no lleva insignia de Ford en ninguna parte de la carrocería, quedó dañado. Vibraba al doblar a la izquierda, no tenía información en el tablero. López dejó paso a Fineschi y quedó quinto. Rossi sabía que si pasaba a Girolami y Ardusso era campeón. Pero quizás solo con pasar a éste alcanzaba, si los Comisarios Deportivos sancionaban a Girolami. En el PSG16 lo sabían. Pechito también. Pero no tenía auto para intentar recuperarse. Debía esperar que Ardusso fuera una pared para Rossi y que Risatti no pudiera pasarlo a él.

 

Entraron a la última vuelta y el Focus se quiso parar. López lo aceleró despacito y manejó casi toda esa vuelta con una mano en el botón de la bomba de combustible auxiliar por las dudas. Se comió todos los nervios solo. Acaso acostumbrado a lidiar en esa condición, como cuando vivía solo en Europa y no le decía a sus padres que a veces le costaba, acá tampoco le dijo nada al equipo por la radio.

 

Entonces la explosión al cruzar la bandera a cuadros se entiende mucho más. El grito eterno del desahogo, acostado sobre el techo de su auto besando el enorme número 37 con el que ganó todos sus campeonatos, sacó de adentro tres años de frustración, angustia, bronca, impotencia.

 

“Pechito” López sabe que es muy bueno. Creía que era invencible y comprobó que estaba equivocado. Pero sabe que es de los buenos de verdad… Salud Campeón!

 
 
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