18 de Noviembre de 2017
Categoría: Informe Especial
15.01.2016

OTRO MODO DE VIVIR UN DAKAR

 

Como en cada Dakar desde que la carrera llegó a Latinoamérica, una vez que salieron, el seguimiento periodístico se hace en casa, con la PC, la radio, la TV y el teléfono móvil casi en simultáneo. Es casi una cosa de locos. Mis hijos, mi pareja, mis amigos, por momentos creen que estoy loco, porque la vida transcurre entre largadas, llegadas, WP, CP, neutralizaciones,  momentos libres entre un programa y otro, o entre el final de etapa para motos y el de los primeros autos. Pequeños recreos, sólo algunas veces. Así durante 15 días. El de descanso del Dakar, es el único día para armar otro plan.

 

Pero este año, cuando apenas iban dos días de carrera, me llegó la invitación de Peugeot y Total para viajar a Salta, al día de descaso y a la etapa siguiente. Debo haber tardado 24/100 de segundo en contestar que sí!

 

Empezó entonces una aventura periodística inesperada. La de ver el Dakar desde otro lado. Aunque ni yo sabría las cosas que pasarían, suponía que la experiencia sería muy valiosa.

 

Volamos a Salta el sábado al mediodía, cuando los autos estaban en Uyuni, regresando hacia Argentina. Hago esta salvedad, porque después tendrá importancia ante algunos acontecimientos.

 

Llegamos a las 16:30 y una flota de 12 Peugeot 2008, de próximo lanzamiento en Argentina, nos esperaba en el aeropuerto. Cada uno tenía asignada una unidad junto a otros dos colegas, y un chofer para completar las cuatro personas por auto. El encargado de manejar nuestro 2008 se llama Joaquín, fanático de las carreras, mecánico que en su tiempo libre prepara autos de carrera zonales, 23 años.

 

Antes de subir a nuestros autos, nos piden que no saquemos fotos del interior del 2008, ya que todavía no se va a develar. No hay problema. Sacamos la foto, sólo para sacarla y decir que la tenemos. Creo que todos hicimos lo mismo, ninguno fue original, aunque nadie la publicó.

 

Primer problema. No había señal de telefonía, aparentemente por un problema con alguna antena, dañada por las mismas tormentas que obligaron a interrumpir la etapa para motos y quads en la segunda sección del regreso desde Bolivia.

 

Estar acostumbrado a seguir la carrera Way Point por Way Point, haber estado aislado en el avión más de dos horas, y no poder actualizarse rápidamente apenas bajamos, me generó mucha ansiedad. Apenas llegamos al Hotel Alejandro I, nos conectamos al WiFi y empezamos a verificar los resultados. Una de las sorpresas era el retraso de una hora que había tenido Orly Terranova, del cual no había reportes ni informaciones. Sólo estaba ahí la clasificación con su pérdida de tiempo y nada más. Una lástima, porque ya el primer día había perdido 45 minutos en el barro con Nani Roma, y ahora una hora, lo sacaba definitivamente de las chances por un top 5, que era su objetivo de mínima para este Dakar.

 

Queríamos ir al vivac pero ya era tarde, asique nos quedamos en el lobby, sin saber que en cuestión de minutos, el vivac estaría ahí, con nosotros. La mayoría de los pilotos de punta estaban en nuestro hotel, asique me acomodé en la recepción a verlos llegar y tratar de “pescar” algo.

 

Ahí me enteré que a Orly le había pasado algo similar a lo de Nazareno López dos días antes, un golpe con una piedra había dañado la suspensión del MINI de ambos argentinos. Ronnie Graue, navegante del mendocino, a quién encontré en el ascensor, me confirmó que el golpe no había sido fuerte, pero que evidentemente había dañado el portamaza porque unos 50km más adelante, se había roto. “Teníamos el repuesto y lo cambiamos nosotros, pero demoramos una hora. Una lástima. El golpe no había sido muy fuerte, no parecía que hubiera tenido consecuencias”, comentó antes que se abrieran las puertas en planta baja. Otro miembro del XRaid me comentó que “le pasó lo mismo que a López un día antes, quizás sea un punto débil del MINI”.

 

Al día siguiente, después de cenar en un típico restaurant salteño, con empanadas, tamales, asado y guitarras, bajé a desayunar y encontré a todos los pilotos otra vez. Sólo que en esta oportunidad tuve la suerte de elegir una mesa estratégica, al lado de Pablo Quintanilla, porque cinco minutos después, apareció Rubén Faría, quién se había fracturado un brazo el día anterior, y todos se acercaron a saludarlo y preguntarle cómo había sido y cómo estaba. El primero fue Joan Barreda Bort, que había abandonado en Uyuni, después apareció Nani Roma, Nasser Al Attiyah, Paulo Goncalvez. Las charlas eran una delicia. Roma le preguntó dónde había sido, y cuando el portugués le indicó el lugar, Nani contestó  que cuando pasó por ahí casi se da vuelta. “Una mierda para las motos esa zona…”

 

Llegó la hora de partir. El periplo del día de descanso incluía primero un almuerzo en “House of Jazmins”, un hotel boutique en las afueras de la ciudad, que es propiedad de la familia de Victoria, la novia de Pechito López. Un lugar encantador, para ir sin un Dakar de por medio.

 

Después sí, por fin al vivac. Lo primero fue la Conferencia de Prensa del equipo Peugeot Total, y una nota individual con Carlos Sainz, que empezó siendo de dos, y terminó siendo de 20 periodistas, porque el madrileño empezó a hablar apasionadamente, y los tres o cuatro minutos que teníamos pautados fueron casi 13. Una nota que podrán leer en este mismo sitio aparte, y que vale la pena desde la primera a la última palabra, se los recomiendo.

 

Tras las notas, la recorrida por el “Mundo Vivac”. Una explicación guiada por un argentino que vive en Francia hace más de 20 años y que nos llevó a recorrer los puntos claves del campamento.

 

Entendí por qué algunas cosas, como aquella famosa comunicación de cada piloto directamente con París, y no con el centro neurálgico de cada etapa, vía Iritrack. Hay dos razones muy entendibles. La primera es que el campamento en algún momento se debe mudar de un final de etapa al siguiente, y en ese momento perdería el contacto con cada participante en la ruta de la carrera. La segunda, que los vivac suelen ser armados en zonas alejadas de los centros urbanos, y muchas veces hay posibles problemas de alimentación eléctrica, lo que también dejaría a los pilotos aislados en la ruta. En París, según nos explicaron, desde que se larga el Dakar el día uno hasta que termina el último participante que largó en el día final, el centro de operaciones funciona las 24hs monitoreando a cada participante. La seguridad ante todo, insisten en aclarar.

 

La recorrida por el vivac del día de descanso nos permitió pasar a ver a algunos amigos. Emiliano Spataro, sobresaliente con la Duster, calculando cómo hacer para tener algo que compense los 40HP menos que tiene con los autos de punta, y diciendo que “Voy a fondo. Ya no corro para llegar. Corro para terminar lo más arriba que sea posible, y si se rompe, que se rompa. Estamos en el nivel de correr de esa manera”.

 

O de visitar al Pato Silva, desilusionado con el Dakar que está haciendo por haber terminado el nuevo prototipo Colcar a último momento, y tener que largar sin probar. ¿Sufrís más de lo que disfrutas o disfrutas más de lo que sufrís? “Disfruto, porque sufrir en esta carrera, es una forma de disfrutar. Quién no corre un Dakar, no entiende lo que es capaz de hacer uno con la pasión que genera esta carrera”.

 

Llegó el momento de la cena. En el vivac también. Todos a hacer la cola para tomar la bandeja y elegir entre las dos opciones de menú principal. Carne asada con papas o pasta. Después a buscar una mesa. Adelante nuestro, unas diez personas aproximadamente, estaba Carlos Sainz haciendo la fila. Nos sentamos en la mesa de al lado del equipo Honda. Todos mezclados. Esta bueno ese espíritu de campamento.

 

Después, a dormir temprano, a las 22 estábamos en el cuarto del hotel. A la mañana siguiente salíamos a la misma hora que los motociclistas lo harían desde el vivac, rumbo a la zona de Cachi, largada de la etapa que llevaría a la carrera desde Salta a Belén, en Catamarca.

 

En el hotel, a las 4 am ya estaba abierto el salón de desayuno. No era una madrugada normal. La mitad de las habitaciones estaban ocupadas por pilotos, perdón, por héroes, que debían salir antes que salga el sol, a hacer un enlace de 170 km para recién llegar a la largada de otra etapa de la carrera más larga y exigente del mundo.

 

Esa fue la experiencia más fuerte de este viaje, y probablemente de mi contacto con el Dakar, junto con haber participado del armado de los primeros buggy de Spataro, Silva y Fontana en 2010, o las Amarok de 2011. Aquello fue una conexión con lo que era prepararse para un Dakar. Esto fue distinto. Les cuento, vale la pena.

 

No habían pasado diez kilómetros, ya entrando a la ruta 68 que nos llevaba hacia los Valles Calchaquíes, cuando empezamos a ver, en medio de la noche, autos particulares al costado del camino, con familias completas sentadas en sillas de playa sobre el césped. De repente, el tronar de un motor de un cuatriciclo y unas luces led muy potentes que nos llenaron el habitáculo de blanco muy intenso. Era el primero de muchos pilotos que nos acompañarían hasta la largada del especial. Motos y cuatriciclos a razón de uno cada tres o cuatro minutos, aparecían y pasaban. Los motociclistas, en su mayoría, pasaban parados en los pedalines, como para ver más allá en la oscuridad que todavía teníamos.

 

Pensé en la pasión que despierta esta carrera en ellos, los verdaderos superhéroes que son los que corren exponiendo su cuerpo, parados, saltando, corriendo y navegando al mismo tiempo, tantos kilómetros por día.

 

La ruta 68 se terminó, doblamos a la derecha después de pasar una YPF en la que había organizado un punto de refueling y casi todos se detenían a completar la carga de combustible. Tomamos la ruta 33, la hermosa ruta que nos llevará a Cachi, subiendo por la Cuesta del Obispo. No tienen idea lo que es ese lugar. Salimos a 1100msnm, y en una hora y media estábamos a 3400msnm. Una vez que ya estábamos en la Quebrada del Escoipe, en medio de una vegetación selvática, y sobre un camino angosto de asfalto, que bordea serpentiante el río del mismo nombre, ya amanecía, y empezó a llover.

 

Inmediatamente, las motos y quads se detenían casi como si tuvieran una emergencia, y en las banquinas, sacaban todo tipo de protecciones para la lluvia. Algunos camperas de agua, otros capas, pero todos, se resguardaban del clima. Claro, había que subir a tanta altura, todavía sin calor del sol, que mojarse era una complicación adicional, no muy deseada.

 

Antes de salir de las zonas urbanas, otra experiencia que vale contar. Yendo entre los pilotos, varias veces comenzamos a escuchar una alarma intermitente muy fuerte, y casi automáticamente, todos reducían la velocidad. Es la chicharra que suena a cada participante cuando entra en zona de velocidad controlada, conocidas en la hoja de ruta como DZ. Esa alarma suena un par de km/h antes que se sobrepase la máxima permitida en ese lugar, entonces todos levantan y se ponen al borde para ir lo más rápido posible, dentro de la ley de tránsito. Si el lugar tiene un límite de 40km/h, todos van a 38, de modo que vaya sonando la alerta pero no se pasen. Quién se excede, recibirá una penalización de tiempo que nace en un minuto y puede ser de varios minutos, dependiendo de cuánto se haya sobrepasado la velocidad. Al terminar la zona DZ, automáticamente se apagaba la alarma y el ruido de los motores cuatro tiempos acelerando era el que dominaba la escena.

 

Empezó la cuesta del Obispo y les aseguro que es muy difícil entender que apenas media hora antes, habíamos pasado por ese hilo que se adivinaba en las laderas del valle, tapizadas de un verde intenso, al que el sol empezaba a dar más brillo aún. Sencillamente magestuoso.

 

Seguimos subiendo y llegamos a las nubes. Las pasamos y aparecimos arriba, con el colchón de nubes como alfombra y un sol radiante todavía bajo. Apenas eran las 7 de la mañana.

 

Repentinamente, en la entrada del Parque Nacional Los Cardones, a la salida de una de tantas vueltas del camino, encontramos todas las motos y quads parados sobre la ruta. Nos asustamos, creímos que había ocurrido algún accidente. Paramos preocupados y bajamos de los autos. Fuimos hacia adelante y vimos que había unos carteles de protesta contra la carrera, justo en la puerta de entrada al parque. Había un par de camionetas blancas y naranja, las de la organización, y un par de móviles de Gendarmería Nacional.

 

Lo que había pasado, era que los ambientalistas no querían que el Dakar provocara daño ambiental a la fauna del Parque Nacional. Entonces, atinadamente, las autoridades habían dispuesto de un reagrupamiento en el ingreso, y una vez que todos llegaron, los guiaron en caravana por más de 20km, a muy baja velocidad para generar menos ruido y emisiones, hasta el desvío que llevaba a los participantes hacia la largada del tramo de velocidad, sobre la ruta 40. Así, todos juntos y en un cerrado y lento pelotón, atravesaron el valle del Tin Tin, allá arriba, rumbo a Cachi, a 3400 metros de altura.

 

Me volví a hacer la misma pregunta. ¿Cómo no les va a gustar correr esta carrera a estos tipos? Pasaron por lugares increíbles, con vistas que dan ganas de grabarlas para poder mirar cada mañana de nuestra citadina vida del resto del año. Y por si esto fuera poco, corriendo la carrera más extenuante del mundo.

 

No es sólo pasión. Es magnetismo. Es magia. Es aventura. Es vida.

 

Si antes de este viaje, siempre creí que el Dakar era una de las más exactas muestras de lo que es una carrera de motor, ahora me corrijo. Es la más perfecta combinación de ingredientes que una carrera pueda tener. Alta velocidad con dificultad extrema, alta exigencia física, mental y mecánica, alta fascinación por vencer los límites que el hombre cree tener.

 

Entonces, viendo lo que vimos, es más fácil entender que hay quienes vienen a ganar, pero para todos, ganar es llegar, derrotar tanta adversidad. Sufrir para contarlo, que vale la pena una y otra vez...

 

Diego Zorrero

 

 
 
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